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En una hora Poemas del Mundo con Jesús Garriga
Fue una delgada línea, un poste en mitad de esa caja de grillos. Igual lo habrás visto de reojo, le habrás salpicado una sonrisa con esa moneda que daba sentido a su -como él mismo lo define- ridículum vitae. Puede que incluso te haya obsequiado, sin ninguna tasa de interés, algo aparentemente ausente; una canción de bolsillo que silvabas toda una jornada sin saber muy bien cuál fue su cuna. Incierto pasado, pero posible.
Ahora, aquél flaco de las esquinas del metro de Madrid que ofrecía migajas de lirismo para matar el hambre, para corregirles la columna vertebral a los corredores de fondo y colorear los trajes grises, aquél flaco vive en pequeños escenarios. Dejó la jaula para volar como canario por lugares enigmáticos, lejos de su natal barrio de La Cuesta lagunera. Cruzando océanos y latitudes septentrionales, fabrica sueños que necesita compartir para dormir. Algo tímido, con la palabra meticulosamente guarecida en su acento que considera capaz de vivir olvidado, se presenta. Atolondra los micrófonos como hombre orquesta y espanta la soledad de los escenarios. No se fíen. Tras su cauta seriedad esconde un humor que asusta como esa mirada que echa al sol. Intenta pasar un buen rato con sus oyentes, buscar el eco de su canto en otros. Ahuyenta la tristeza con las lluvias de sus yemas sobre un Abril que sostiene en sus seis cuerdas.

Con la guitarra en su regazo, Jesús Garriga canta para silenciar la injusticia y repicar las causas por las que merece la pena luchar. Canta al Sáhara, a los poetas que sueñan ser trovadores, a la naturaleza que se ve amenazada por las grúas de la indiferencia, a las malditas deudas, a las chicas que dejan algunas de sus bragas en los cajones…y las que están por llegar. Canta con un objetivo manifiesto en sus canciones: a cantarle al aire, levantar la voz/ para no morir entre cemento y fieras. / Un camino por completar/ con arena de más allá/ un abrazo lejano y mi voz.

Con la esperanza hilada en un lirismo de claridez profunda, Garriga da a entender que el desierto no es condena; que hay flores en ellas, agua del rocío. Esperanza. Sueño. Mar. Canta con una borrachera sobria y perenne que encontró en los discos de su infancia. Forja una música a base de coleccionar influencias de su entorno: un rap callejero de alguna olvidada calle mexicana, una bossa nova de algún Sur soñado, el funky trillado de alguna discoteca olvidada. Y entonces diluye esa frescura con sus poemas urbanos o acaso leyendo algun pedazo de Mario Benedetti o compartiendo escenario con, Leo Minax, Edgar Oceransky o Tiza. Es resultado de la contaminación acústica y de la calima de tantos vivaces desiertos.

Intenta recordar esos gélidos y tristes días donde te escondías del sol, en el metro de tu ciudad. Tatareando una canción cruzas la puerta de tu casa. Dejas caer las llaves. Inclinas tu mentón y sacudes la tierra seca que se te adosó a la chaqueta. ¿No recuerdas? El flaco del metro era Jesús Garriga.

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